viernes, 8 de noviembre de 2024

Lección 313 Que venga a mí ahora una nueva percepción.

 



1. Padre, hay una visión que ve todas las cosas sin mancha alguna de pecado, lo cual indica que el miedo ha desaparecido y que en su lugar se ha invitado al amor. 2 Y éste vendrá dondequiera que se le invite. 3 Esta visión es Tu regalo. 4 Los ojos de Cristo contemplan un mundo perdonado. 5 Ante Su vista todos los pecados del mundo quedan perdonados, pues Él no ve pecado alguno en nada de lo que contempla. 6 Que Su verdadera percepción venga a mí ahora para poder despertar del sueño de pecado y ver mi impecabilidad en mi interior, la cual Tú has conservado completamente inmaculada en el altar a Tu santo Hijo, el Ser con Quien quiero identificarme.

2. Contemplémonos hoy los unos a los otros con los ojos de Cristo. 2 ¡Qué bellos somos! 3 ¡Cuán santos y amorosos! 4 Hermano, ven y únete a mí hoy. 5 Salvamos al mundo cuando nos unimos. 6 Pues en nuestra visión el mundo se vuelve tan santo como la luz que mora en nosotros.





Comentario:

La visión de Cristo “ve todas las cosas sin mancha alguna de pecado” (1:1). Ésta es una nueva visión que viene a mí. Yo no voy detrás de ella, la recibo. Me abro a ella y se me da: “Ésta visión es Tu regalo” (1:3). Para ver todas las cosas sin mancha de pecado no tengo que esforzarme, es un regalo que Dios me da. Cuando vea pecado, lo que puedo aprender a hacer es pedir una visión diferente: “Que venga a mí ahora una nueva percepción”. Puedo querer esta nueva visión, y quererla es todo lo que se necesita. El resto se te da: “El amor vendrá dondequiera que se le invite” (1:2).

Cristo -que es mi verdadero ser, eterno y que no cambia- “no ve pecado alguno en nada de lo que contempla” (1:5). Ésta no es una visión que mi Ser tenga que conseguir, ya es mía, en Cristo. Todo lo que tengo que hacer es permitir que esa nueva visión venga a mí. Cuando lo hago, cuando contemplo al mundo y lo veo perdonado, me despertaré del sueño de pecado y veré mi impecabilidad en mi interior” (1:6). Resumido, éste es el mensaje del Curso: ver tu propia inocencia al ver la inocencia del mundo. Encontrar el perdón al perdonar a otros.

Tal como la visión siempre ha sido parte de mi Ser el Cristo, así también la inocencia ha sido guardada a salvo por Dios, “completamente inmaculada en el altar a Tu santo Hijo, el Ser con Quien quiero identificarme” (1:6). Eso es todo lo que estamos haciendo: identificarnos con el Cristo, con algo que ya soy. “La iluminación es simplemente un reconocimiento, no un cambio” (L.188.1:4). No hay que alcanzar nada, ni ir a ningún sitio, ya estamos en Él, y todo lo que se necesita es el reconocimiento de que ya es así, la identificación con lo que siempre ha existido. Dejamos que venga a nosotros una nueva visión, eso es todo. 

Así que, hermanos:

“Contemplémonos hoy los unos a los otros con los ojos de Cristo. ¡Qué bellos somos!” (2:1-2)




¿Qué es el Juicio Final? (Parte 3)

L.pII.10.2:1-2

“El Juicio Final sobre el mundo no encierra condena alguna”. (2:1)

Sin condena, esto nos parece muy difícil llegar a lograrlo. Durante generaciones se nos ha enseñado que en el Juicio Final, Dios separará los “buenos” de los “malos”, el “trigo” de la “cizaña”, y enviará a los malos al castigo eterno. Preferimos la idea de la venganza, nos parece justicia. Vamos al cine y nos alegramos cuando los malos son liquidados. Por supuesto, cuando se trata de imaginarnos a nosotros delante del Juicio Final de Dios, nos ponemos un poco nerviosos, de hecho, muy nerviosos. Porque sabemos que no somos perfectos.

¿Cómo no puede haber condena en el Juicio Final? Sólo puede haber una explicación. No hay condena porque “ve al mundo completamente perdonado, libre de pecado y sin propósito alguno” (2:2). La única manera de que no haya condena es que el pecado no existe. Todo el mundo y todas las cosas son completamente perdonados. Y eso nos fastidia. “¿Quieres decir que los malos no son liquidados al final de la historia?” No nos parece justo porque creemos que el pecado es real y se merece castigo.

El antiguo evangelista del siglo 18, Jonathan Edwards (autor del famoso sermón: “Pecadores en manos de un Dios enfadado) enseñó que el pecado es pecado. Que no hay grados de pecados, cada pecado es infinitamente pecaminoso y exigía castigo eterno porque cualquier pecado es un ataque a un Dios infinito. Como dice C.S.Lewis: la idea de un pecado “pequeño” es como la idea de un embarazo “pequeño”. Edwards tenía a la gente tan aterrorizada cuando pronunciaba su sermón que la gente en la iglesia se agarraba a las columnas de la iglesia por miedo a que el suelo se abriera y los arrastrara al infierno. Si el pecado fuera real, él tendría razón. Todos nosotros seríamos infinitamente culpables, y todos nosotros mereceríamos el castigo eterno. En esta película no hay “buenos”.

Por lo tanto, si el pecado fuese real, y vengarse de alguien estuviese justificado, vengarse de todos nosotros estaría justificado. Si los malos fueran liquidados al final de la historia, todos nosotros seríamos liquidados. Al aferrarnos a la idea de la condena y el castigo, nos estamos condenando al infierno a nosotros mismos. Y en alguna parte dentro de nosotros lo sabemos, ¡por eso nos sentimos tan nerviosos!

La única alternativa es no condenar. El perdón total. Sin pecado en nadie. Y ése es el mensaje del Curso: “El Hijo de Dios es inocente” (T.14.V.2:1). Ése será el Juicio Final de Dios, y ése será nuestro juicio cuando lleguemos al final del viaje.

“Pues ve a éste completamente perdonado, libre de pecado y sin propósito alguno”. (2:2)

El Juicio Final no sólo ve al mundo sin pecado, sino sin propósito alguno. Esta idea no encaja con la idea de que Dios creó el mundo, ¿crearía Dios algo sin ningún propósito? Sin embargo, la falta de propósito encaja muy bien con la idea de que el ego en nuestra mente ha inventado el mundo.

¿Has mirado alguna vez al mundo y sospechado que no tenía ningún propósito ni ningún significado? ¿Qué el ciclo sin fin de nacimiento y muerte no parece ir a ningún sitio? Todos crecemos (algunos con más dificultades que otros, algunos con más éxito que otros), luchamos en la vida, obtenemos lo que podemos y luego (así lo parece) todo llega a su fin, y todo lo que hemos logrado y en lo que nos hemos convertido se pierde (ver T.13.In.2). ¿Qué sentido tiene? Muchos, especialmente entre los jóvenes de hoy en día, han aceptado este punto de vista, y han caído en la desesperación y la indiferencia.

Y sin embargo, este punto de vista es válido. De hecho, ¡el Juicio Final lo confirmará! El mundo no tiene propósito. Es el producto de una mente enloquecida por la culpa (T.13.In.2:2). Sin embargo, la comprensión de ello no tiene por qué llevar a la desesperación, puede ser el trampolín a la dicha eterna. Visto sin propósito, al fin podemos pasarlo de largo y recordar nuestro verdadero hogar en Dios.































jueves, 7 de noviembre de 2024

Lección 312 Veo todas las cosas como quiero que sean.




1. La percepción se deriva de los juicios. 2 Habiendo juzgado, vemos, por lo tanto, lo que queremos contemplar. 3 Pues el único propósito de la vista es ofrecernos lo que queremos ver. 4 Es imposible pasar por alto lo que queremos ver o no ver lo que hemos decidido contemplar. 5 ¡Cuán inevitablemente, pues, se alza el mundo real ante la santa visión de aquel que acepta el propósito del Espíritu Santo como aquello que desea ver! 6 No puede dejar de contemplar lo que Cristo quiere que vea ni de amar con el Amor de Cristo lo que contempla.

2. Mi único propósito hoy es contemplar un mundo liberado, libre de todos los juicios que he emitido. 2 Padre, esto es lo que Tu Voluntad dispone para mí hoy, por lo tanto, no puede sino ser mi objetivo también. 





Comentario:

Ésta lección es la segunda de una pareja. La lección anterior nos decía: ”Juzgo todas las cosas como quiero que sean”. Esta lección continúa: “La percepción se deriva de los juicios” (1:1). En este contexto, juicio es lo mismo que interpretación. Primero queremos que una cosa sea verdad, por lo tanto, juzgamos o interpretamos lo que nos rodea de acuerdo con ese deseo, y habiendo juzgado (interpretado), vemos lo que queríamos. “Pues el único propósito de la vista es ofrecernos lo que queremos ver” (1:3). La presentación que el Curso hace de la percepción es firme e insistente:


“Ves lo que crees que está ahí, y crees que está ahí porque quieres que lo esté. La percepción no está regida por ninguna otra ley que ésa”. (T.25.III.1:3-4)


Si queremos ver el mundo real, lo veremos. Si nos unimos al Espíritu Santo en Su propósito, no podemos “dejar de contemplar lo que Cristo quiere que vea, ni de amar con el Amor de Cristo lo que contempla” (1:6). La clave está en lo que queremos.


No es fácil aceptar que lo que estamos viendo es lo que queríamos, en algún nivel de nuestra mente. El ego tiene una mente enferma, literalmente; los pensamientos y deseos del ego y que no se han reconocido, se manifiestan en el mundo aunque no seamos conscientes de ellos. El mundo es el espejo de nuestra mente, lo que vemos es lo que hemos elegido ver. El mundo no cambia porque tenemos miedo de mirar dentro de nuestra mente y ver los pensamientos que lo han causado. Si miramos los pensamientos en nuestra mente, Él los sanará.


En un seminario de Un Curso de Milagros, Ken Wapnick estaba compartiendo estas líneas, y alguien dijo que durante la información en televisión acerca del terremoto de California se dio cuenta de que una parte de su mente se sintió decepcionada de que el número de muertos fuera tan bajo. Algo dentro de él quería que hubiera sido más dramático, quería ver más muertos. Recuerdo que una vez me di cuenta de que yo quería que alguien muriese, alguien muy cercano a mí. Fue una gran impresión, pero cuando me permití hacerme consciente de ello, me di cuenta de que ¡el pensamiento no era nuevo!

Necesitamos estar dispuestos a encontrar la causa del mundo que vemos dentro de nuestra mente, para que así podamos cambiar nuestra mente acerca del mundo. Cambiando nuestros pensamientos, veremos un mundo cambiado.

Si queremos, podemos “contemplar un mundo liberado, libre de todos los juicios que he emitido” (2:1). Hoy podemos elegir ver el mundo de manera diferente si queremos. No hay que sentirse culpable por no elegir verlo de manera diferente, pero piensa lo infeliz que te ha hecho hasta ahora tu percepción del mundo y pregúntate a ti mismo si no quieres verlo de manera diferente. Tu voluntad es ver el mundo real. Depende de ti, y de mí, elegir verlo hoy. “Padre, esto es lo que Tu Voluntad dispone para mí hoy, por lo tanto, no puede sino ser mi objetivo también”. (2:2)





¿Qué es el Juicio Final? (Parte 2)

L.pII.10.1:3-4

En dos frases tenemos el Segundo Advenimiento, el Juicio Final, y el Último Paso:

“Lo primero que verás será un mundo que ha aceptado que esto es verdad, al haber sido proyectado desde una mente que ya ha sido corregida. Y con este panorama santo, la percepción imparte una silenciosa bendición y luego desaparece, al haber alcanzado su objetivo y cumplido su misión”. (1:3-4)

El “esto” en lo que vemos que el mundo como habiendo aceptado, es la afirmación de la frase anterior de que: “lo falso es falso y que lo que es verdad jamás ha cambiado”. Si el mundo ha aceptado esta afirmación, ello me indica que esto no es sólo el mundo real (el mundo que se ve con los ojos del perdón) sino el Segundo Advenimiento, en el que todas las mentes se Le han entregado a Cristo. La mente sanada y unificada de la Filiación todavía está proyectando pero “desde una mente que ya ha sido corregida”, y por lo tanto lo que proyecta es un mundo sanado. Al ver esta “santa visión”, pronunciamos el Juicio Final que es una bendición silenciosa, pues como el Curso dice en otro lugar, “El Juicio Final es la última curación, en vez de un reparto de castigos” (T.2.VIII.3:3).

Con “la última curación” el propósito y la misión de la percepción (tal como el Espíritu Santo ve su propósito) se han acabado, y por eso desaparece la percepción; en el siguiente párrafo (2:3) el mundo mismo (que es el objeto de nuestra percepción) “simplemente se disuelve en la nada”.

¿Qué sentido tiene entender estos acontecimientos escatológicos? (Escatología es “La rama de la teología que está relacionada con el fin del mundo y de la humanidad”, Diccionario Americano Heritage). Representan la meta hacia la que el Curso nos está llevando. Como el Curso dice en “Cómo Fijar la Meta” (T.17.VI): cuando aceptas una meta, empiezas a pasar por alto todo lo que se interpone en su camino, y empiezas a centrar tu atención en las cosas que la traen. Dice:

“El valor de decidir de antemano lo que quieres que ocurra es simplemente que ello te permite percibir la situación como un medio para hacer que tu objetivo se logre. Haces, por lo tanto, todo lo posible por pasar por alto todo lo que interferiría en su logro, y te concentras sólo en lo que te ayuda a conseguirlo”. (T.17.VI.4:1-2)

Si entendemos, aunque sea ligeramente, que el objetivo último es una bendición silenciosa, una sanación final, pasar por alto todo error y reconocer la inocencia de toda la creación de Dios y de todas nuestras creaciones, empezaremos a ver todas nuestras situaciones diarias como “un medio para que ocurra”. Haremos todos los esfuerzos para pasar por alto todos los pensamientos de ataque y juicios condenatorios, en nuestra propia mente o en la de otros, porque veremos los pensamientos de ataque y juicios condenatorios como algo que impide el objetivo que estamos buscando.

Otro valor de esta comprensión del Juicio Final es que elimina una de las fuentes de nuestro miedo. Veremos más acerca de ello más adelante en esta sección, pero por ahora, darnos cuenta de que Dios no está al frente de una inquisición castigándonos por cada falta minúscula de Sus leyes, supondrá un gran alivio para muchos de nosotros, influenciados por haber estado metidos en una cultura en la que la religión está llena de temor a la ira de Dios. La idea de un Dios airado y vengativo es algo que el Curso hace todo lo posible por deshacer.

























miércoles, 6 de noviembre de 2024

Lección 311 Juzgo todas las cosas como quiero que sean. 10. ¿QUÉ ES EL JUICIO FINAL?

 


10. ¿Qué es el Juicio Final?

1. El Segundo Advenimiento de Cristo le confiere al Hijo de Dios este don: poder oír a la Voz que habla por Dios proclamar que lo falso es falso y que lo que es verdad nunca ha cambiado. 2 Y éste es el juicio mediante el cual a la percepción le llega su fin. 3 Lo primero que verás será un mundo que ha aceptado que esto es verdad, al haber sido proyectado desde una mente que ya ha sido corregida. 4 Y con este panorama santo, la percepción imparte una silenciosa bendición y luego desaparece, al haber alcanzado su objetivo y cumplido su misión.

2. El Juicio Final sobre el mundo no encierra condena alguna. 2 Pues ve a éste completamente perdonado, libre de pecado y sin propósito alguno. 3 Y al no tener causa ni función ante los ojos de Cristo, simplemente se disuelve en la nada. 4 Ahí nació y ahí ha de terminar. 5 Y todas las figuras del sueño con el que el mundo comenzó desaparecen junto con él. 6 Los cuerpos no tienen ahora ninguna utilidad, por lo tanto, desaparecen también, pues el Hijo de Dios es ilimitado.

3. Tú que creías que el Juicio Final de Dios condenaría al mundo al infierno junto contigo, acepta esta santa verdad: el Juicio de Dios es el don de la Corrección que Él le concedió a todos tus errores. a Dicha Corrección te libera de ellos y de todos los efectos que parecían tener. 2 Tener miedo de la Gracia redentora de Dios es tener miedo de liberarte totalmente del sufrimiento, del retorno a la paz, de la seguridad y la felicidad, así como de tu unión con tu propia Identidad.

4. El Juicio Final de Dios es tan misericordioso como cada uno de los pasos de Su plan para bendecir a Su Hijo y exhortarlo a regresar a la paz eterna que comparte con él. 2 No tengas miedo del amor, 3 pues sólo él puede sanar todo pesar, enjugar todas las lágrimas y despertar tiernamente de su sueño de dolor al Hijo que Dios reconoce como Suyo. 4 No tengas miedo de eso. 5 La salvación te pide que le des la bienvenida. 6 Y el mundo espera tu grata aceptación de ella, gracias a lo cual él se liberará.

5. Éste es el Juicio Final de Dios:

 “Tú sigues siendo Mi santo Hijo, por siempre inocente, por siempre amoroso y por siempre amado, tan ilimitado como tu Creador, absolutamente inmutable y por siempre inmaculado. 2 Despierta, pues, y regresa a Mí. 3 Yo soy tu Padre y tú eres Mi Hijo”.



Juzgo todas las cosas como quiero que sean.

1. Los juicios se inventaron para usarse como un arma contra la verdad. 2 Separan aquello contra lo que se utilizan y hacen que se vea como si fuese algo aparte y separado. 3 Luego hacen de ello lo que tú quieres que sea. 4 Juzgan lo que no pueden comprender, ya que no pueden ver la totalidad y, por lo tanto, juzgan falsamente. 5 No nos valgamos de ellos hoy, antes bien, ofrezcámoselos de regalo a Aquel que puede utilizarlos de manera diferente. 6 Él nos salvará de la agonía de todos los juicios que hemos emitido contra nosotros mismos y restablecerá nuestra paz mental al ofrecernos el Juicio de Dios con respecto a Su Hijo.

2. Padre, estamos esperando hoy con mentes receptivas a oír Tu Juicio con respecto al Hijo que amas. 2 No lo conocemos, y así, no lo podemos juzgar. 3 Por lo tanto, dejamos que Tu Amor decida lo que Aquel a Quien creaste como Tu Hijo no puede sino ser.



Comentario:

La enseñanza básica del Curso acerca del juicio es que realmente no podemos juzgar. No tenemos el equipamiento. No sabemos lo suficiente, como dice esta lección: nuestros juicios “no pueden ver la totalidad, y, por lo tanto, juzgan falsamente” (1:4). Entonces lo que nuestros juicios hacen es inventar las cosas tal como queremos que sean, en lugar de lo que realmente son. Desgraciadamente, lo hacen basados en “la agonía de todos los juicios que hemos emitido contra nosotros mismos” (1:6). Proyectamos nuestra condena a nosotros mismos sobre el mundo y sobre lo que vemos, como ya dijo la Lección 304: es “mi propio estado de ánimo reflejado afuera”.

En lugar de intentar juzgar algo, lo que se nos pide es que tomemos todos los juicios y “ofrezcámoselos de regalo a Aquel que puede utilizarlos de manera diferente” (1:5). Dicho de otra manera, dejamos que el Espíritu Santo juzgue por nosotros. Él siempre juzga de acuerdo a la verdad, a la creación de Dios. “Dejamos que Tu Amor decida qué es lo que no puede sino ser aquel a quien Tú creaste como Tu Hijo” (2:3). Él nos da “el juicio de Dios con respecto a Su Hijo” (1:6).

Otro modo de verlo es que permitimos que el Espíritu Santo nos diga lo que verdaderamente queremos: ver la perfección de la creación de Dios en todos y en todas partes. Y luego, puesto que eso es lo que queremos ver, “juzgamos todas las cosas como queremos que sean”, pero ahora las juzgamos de manera diferente porque queremos algo diferente. En manos del ego, nuestra mente siempre quiere ver defectos porque estamos intentando negar y proyectar lo que pensamos de nuestros propios defectos. En manos del Espíritu Santo, nuestra mente siempre encuentra amor o peticiones de amor.

Padre, hoy quiero ver a Tu Hijo tal como tú lo creaste. Quiero juzgarlo en la verdad. Quiero abandonar mis retorcidos juicios y aceptar tu juicio eterno: “Tú sigues siendo Mi santo Hijo, por siempre inocente, por siempre amoroso y por siempre amado, tan ilimitado como tu Creador, absolutamente inmutable y por siempre inmaculado” (L.pII.10.5:1).




¿Qué es el Juicio Final? (Parte 1)

L.pII.10.1:1-2

“El Segundo Advenimiento de Cristo le confiere al Hijo de Dios este regalo: poder oír a la Voz que habla por Dios proclamar que lo falso es falso y que lo que es verdad jamás ha cambiado”. (1:1)

Ésta es una de las magníficas afirmaciones del mensaje final de Un Curso de Milagros: “lo falso es falso y que lo que es verdad jamás ha cambiado”. Puesto en estas palabras engañosamente simples, el mensaje casi parece de Perogrullo o repetitivo, como “lo rojo es rojo”. Por supuesto que “lo falso es falso y que lo que es verdad es verdad”. Eso a la vista está.

Lo que da a la afirmación su profundidad es el hecho de que no lo creemos. Como se nos dice en el Texto:

“Este curso es muy simple. Quizá pienses que no necesitas un curso que, en última instancia, enseña que sólo la realidad es verdad. Pero ¿crees realmente esto? Cuando percibas el mundo real, reconocerás que no lo creías”. (T.11.VIII.1:1-4)

Todos nuestros problemas pueden resumirse en esto: Nos hemos enseñado a nosotros mismos que lo falso es verdadero, y que lo verdadero es falso. Creemos que el cuerpo, el pecado, la culpa, el miedo, el sufrimiento y la muerte son reales. Y no creemos (o al menos lo dudamos vivamente) que el espíritu, la santidad, la inocencia, el amor y la vida eterna son reales. La percepción del mundo real nos muestra que esta última lista (lo real) es verdaderamente real, y la primera lista (lo falso) es verdaderamente falsa. Y eso es el Juicio Final.

Todo el proceso de aprendizaje por el que aparentemente estamos pasando nos está enseñando esta única lección, una y otra vez, en un ejemplo tras otro. Algo que pensábamos que era real (nuestros propios pecados, o los de nuestros hermanos, o la muerte, o el ataque, o la separación) se nos muestra que es falso, y que el amor que pensábamos que estaba ausente se ve que es lo que está siempre presente. Donde pensábamos ver pecado, ahora vemos inocencia. Donde pensábamos ver a alguien atacándonos, ahora vemos a nuestro salvador (T.22.VI.8:1).

“Y cuando decida hacer uso de lo que se le dio, verá entonces que todas las situaciones que antes consideraba como medios para justificar su ira se han convertido en eventos que justifican su amor. Oirá claramente que las llamadas a la guerra que antes oía son realmente llamamientos a la paz”. (T.25.III.6:5-6)

Intenta imaginarte cómo sería una situación que justo ahora ves como una justificación para tu ira, verla transformarse en algo que justifica tu amor. Eso es lo que hace el milagro. Eso es lo que realmente significa “lo falso es falso y que lo que es verdad jamás ha cambiado”. El mundo real es una clase de percepción en la que todo lo que ves justifica tu amor, porque no hay nada que no justifique tu amor. Eso es lo que es “real” en el mundo real. Lo que es falso es que la ira esté justificada: “La ira nunca está justificada” (T.30.VI.1:1). Lo que es verdad es que el amor siempre está justificado. Por ejemplo, el Amor de Dios por ti siempre está justificado. El Amor de Dios a tus hermanos siempre está justificado. Y por lo tanto, tu amor a tus hermanos siempre está justificado.

“Y éste es el juicio con el que a la percepción le llega su fin” (1:2). Cuando hayamos alcanzado este juicio final acerca de todo, el propósito de la percepción desaparece. No hay nada más que percibir, porque todo motivo de separación ha desaparecido, y la unidad se puede conocer una vez más y se conoce. Ya no nos percibimos unos a otros (lo que supone separación, sujeto y objeto), en su lugar nos conocemos unos a otros como parte de nosotros mismos, “totalmente dignos de amor y totalmente amorosos” (T.1.III.2:3).









martes, 5 de noviembre de 2024

Lección 310 Paso este día sin miedo y lleno de amor.




1. Quiero pasar este día Contigo, Padre mío, tal como Tú has dispuesto que deben ser todos mis días. 2 Y lo que he de experimentar no tiene nada que ver con el tiempo. 3 El júbilo que me invade no se puede medir en días u horas, pues le llega a Tu Hijo desde el Cielo. 4 Este día será el dulce recordatorio que me haces para que Te recuerde; la afable llamada que le haces a Tu santo Hijo; la señal de que se me ha concedido Tu Gracia y de que es Tu Voluntad que yo me libere hoy.

2. Este día lo pasaremos juntos tú y yo. 2 Y todo el mundo unirá sus voces a nuestro canto de gratitud y alegría hacia Aquel que nos brindó la salvación y nos liberó. 3 Nuestra paz y nuestra santidad nos son restituidas. 4 Hoy el miedo no tiene cabida en nosotros, pues hemos dado la bienvenida al amor en nuestros corazones. 




Comentario:

Todos mis días están destinados a pasarlos Contigo, Padre, sin miedo y con amor (1:1). Todos. Pocas veces paso el día así, pero hoy, Padre, quiero pasarlo Contigo. Abro mi corazón para entregarte este día a Ti. Que así sea, tal como Tú dispones. Que conozca la dicha que procede del Cielo, no del tiempo (1:2-3). Que se acalle en mi mente la voz que interfiere, y que oiga la música del Cielo (2:2). No pido visiones de éxtasis que me saquen de este mundo para siempre, pero sí pido que hoy sea algo nuevo y más elevado, un anticipo de lo que me aguarda al final del tiempo.

Que este día sea “Tu dulce recordatorio de que Te recuerde” (1:4). Hazme el regalo de Tu gracia, Padre. Que sienta algo que me sirva para continuar recordando volver mi mente a Ti una y otra vez.

Que este día sea “la afable llamada que le haces a Tu santo Hijo” (1:4). Abre mis oídos y enséñame a escuchar. Que oiga Tu llamada hoy. Que sienta la atracción de Tu Amor eterno.

Que este día sea “la señal de que se me ha concedido Tu gracia y de que es Tu Voluntad que yo me libere hoy” (1:4). Que haya una fresca y conmovedora consciencia de Tu trabajo en mi vida, de Tu toque en mí. Que vea las señales de que mi libertad es Tu Voluntad. Que encuentre una confianza renovada en la seguridad del resultado que me espera en Tu plan.

Que hoy surja de mí una canción de gratitud. Que aumente mi consciencia de que me estoy uniendo a la eterna canción, cantada por cada parte de Tu creación. Como dijo el salmista, “Voy a cantar una nueva canción al Señor”. Que reconozca la alegría que es la vida misma, dada por Dios, al tiempo que todo el mundo se une a nosotros en la canción.

“Hoy el miedo no tiene cabida en nosotros, pues le hemos dado la bienvenida al amor en nuestros corazones”. (2:4)





¿Qué es el Segundo Advenimiento? (Parte 10)

L.pII.9.5:5-6

La tercera cosa que podemos hacer teniendo en cuenta lo que es el Segundo Advenimiento, es convertirnos nosotros mismos en parte de la Expiación, ya que la hemos recibido.

“Regocijémonos de que podamos hacer la Voluntad de Dios y unirnos en Su santa luz. ¡Pues mirad!, el Hijo de Dios es uno solo en nosotros, y podemos alcanzar el Amor de nuestro Padre a través de él”. (5:5-6)

La Voluntad de Dios es Amor. La Voluntad de Dios para nosotros es perfecta felicidad. La Voluntad de Dios es la extensión sin fin del resplandor de Su Ser. Podemos hacer eso porque nos creó para ser eso. Podemos llegar al Amor de nuestro Padre a través de Su Hijo. Es elección nuestra unirnos a esa unidad del Hijo que es el cumplimiento de la Voluntad de Dios. Aquí, en nuestras relaciones dentro del tiempo, estamos empezando el proceso que culmina en el Segundo Advenimiento, la restauración de la única Identidad de Cristo. Cuando nos unimos en un propósito común, el de perdonar y ser perdonados, el de amar y ser amados, acortamos el tiempo para que la Filiación sea completamente una en manifestación. Cuando entregamos nuestras relaciones al Espíritu Santo para que Él las use para Su único propósito de convertirlas en relaciones santas por medio del perdón, nos estamos uniendo en el cumplimiento de la Voluntad de Dios.

Es a través de nuestra unión que llegamos al Amor de Dios. Es a través de nuestra unión que encontramos a Dios. “La realidad de tu relación con Él radica en la relación que tenemos unos con otros” (T.17.IV.16:7).
















lunes, 4 de noviembre de 2024

Lección 309 Hoy no tendré miedo de mirar dentro de mí.

 



1. Dentro de mí se encuentra la eterna inocencia, pues es la Voluntad de Dios que esté allí por siempre y para siempre. 2 Y yo, Su Hijo, cuya voluntad es tan ilimitada como la Suya, no puedo cambiar esto en absoluto. 3 Pues negar la Voluntad de mi Padre es negar la mía propia. 4 Mirar dentro de mí no es sino encontrar mi voluntad tal como Dios la creó y como es. 5 Tengo miedo de mirar dentro de mí porque creo que forjé otra voluntad que aunque no es verdad hice que fuese real. 6 Mas no tiene efectos. 7 Dentro de mí se encuentra la Santidad de Dios. 8 Dentro de mí se encuentra el recuerdo de Él.

2. El paso que he de dar hoy, Padre mío, es lo que me liberará por completo de los vanos sueños de pecado. 2 Tu Altar se alza sereno e incólume. 3 Es el santo Altar a mi propio Ser y es allí donde encuentro mi verdadera identidad.




Comentario:

A veces sospecho de mis propios motivos. Soy tan consciente de que en el pasado he hecho un trabajo increíble para esconderme mis propios pensamientos y sentimientos a mí mismo, que incluso cuando no soy consciente de que haya “basura” de por medio, cuando mis motivos parecen puros en la superficie, me pregunto qué está acechando debajo de la piedra, y dudo acerca de mirar.

Por ejemplo, en el pasado me he distanciado de una buena amiga, mientras que me convencía a mí mismo de que era ella la que se estaba distanciando de mí. Me costó tres horas de intensa discusión (no puedo darle un nombre mejor) llegar a ponerme en contacto con mi propio miedo e ira, que estaban causando que la apartase de mí. Negué con todas mis fuerzas que era eso lo que estaba haciendo, afirmé que deseaba una mayor cercanía y que ella no respondía.

Cuando conoces los engaños del ego, parece difícil confiar en ti mismo. Siempre me parece que puede haber algo malvado en mi mente que de algún modo he estado escondiendo por medio de la negación y la disociación.

Así que, ¿Cómo no voy a tener miedo de mirar dentro de mí? Si lo hago, ¿Qué cosa horrible y asquerosa descubriré esta vez?

“Tengo miedo de mirar dentro de mí porque creo que forjé otra voluntad que aunque no es verdad hice que fuese real” (1:5). Si miro dentro de mí, a menudo las primeras cosas que veré son cosas feas y asquerosas, “otra voluntad que no es verdad”. Las veré pero la buena noticia es que no son reales. No logré hacer que esa otra voluntad fuera real. Todo lo que conseguí hacer fueron ilusiones. La fealdad es una pantalla de humo, una máscara, una fachada que el ego ha levantado encima de la eterna inocencia de mi mente. Si miro a esos pensamientos con el Espíritu Santo, descubriré que no son tan horribles como temía. Él los cambiará en la verdad para mí, Él me ayudará a ver en ellos la petición de amor, la afirmación inconsciente del amor que ha estado enterrado debajo de ellos, el reflejo deformado de la inocencia que nunca he perdido.

Por ejemplo, en el caso que he mencionado antes, estaba alejando a mi amiga, distanciándome de ella. ¿Por qué? Porque tenía miedo de perder su amor. Porque temía que no me encontrara digno de su tiempo y de su compañía, y no le iba a dar la oportunidad de que demostrase que mis miedos eran ciertos. Me apartaría antes de que ella me rechazase, la castigaría por su (imaginada) traición de alejarme de ella. Estaba equivocado tanto en mi evaluación de mí mismo como en mi valoración de su evaluación de mí. Y el Curso me lo demostró muy claramente aquella noche. Ella se enfadó conmigo. Se puso furiosa, se levantó y se fue a pasear fuera del restaurante, diciendo que no quería saber nada más de mí porque yo estaba tan tercamente metido en la negación que ella no podía hacer nada al respecto.

No fue hasta que sucedió un milagro que se resolvió el punto sin salida. De repente, mi percepción de ella cambió. Vi su ira como lo que realmente era: una petición de amor. Estaba furiosa conmigo porque le estaba negando mi amor, y sufría con el pensamiento de perderlo. En mi interpretación su ira ya no era un ataque, era un grito de ayuda. Era su amor por mí, intentado de manera equivocada encontrar lo que quería de mí a través de la ira y el ataque. Y cuando la perdoné, vi lo mismo en mí. En aquel momento ya no tenía miedo de mirar dentro de mí. Vi los retorcidos motivos que me habían estado dirigiendo. Vi mi miedo. Vi mi frío distanciamiento. Y detrás de todo ello, vi mi amor y mi inocencia esperando encontrarse con los suyos.

No tenemos nunca que tener miedo de mirar dentro de nosotros mismos. Todo lo que existe es “mi voluntad tal como Dios la creó, y como es” (1:4). Lo que inventé, todos esos horribles pensamientos del ego, no han tenido ningún efecto en absoluto. No hay razón para tener miedo de ellos, no significan nada. Puedo mirarlos con el Espíritu Santo a mi lado, y reírme, puedo decir: “¡Qué tontería! Estos pensamientos no significan nada”. Debajo de todo eso está la mente asustada, sufriendo por lo que piensa que ha hecho. Y más allá, en lo más profundo está la santidad de Dios, el recuerdo de Dios. Esta mente caritativa, esta mente amable y dulce, tan enorme, receptiva y bondadosa, que todo lo abarca: esto es mi verdadera Identidad. Esto es Quien yo soy.





¿Qué es el Segundo Advenimiento? (Parte 9)

L.pII.9.5:1-4

¿Qué tenemos que hacer acerca del Segundo Advenimiento?

1. Ruega por él (5:1)

Ruega que tenga lugar pronto. Deséalo, anhélalo, estate serenamente impaciente por su llegada.

2. Entregarnos a él completamente.

“Pues necesita tus ojos, tus oídos, tus manos y tus pies. Necesita tu voz. Pero sobre todo, necesita tu buena voluntad”. (5:2-4)

Nosotros somos los medios por los que vendrá el Segundo Advenimiento. Ofrezcamos nuestros ojos para ver amor por todas partes, y no para encontrar defectos y culpa. Ofrezcamos nuestros oídos para oír sólo la Voz que habla por Dios y responder a cada petición de amor a nuestro alrededor. Ofrezcamos nuestras manos para tomar las manos de aquellos que están a nuestro lado y llevarlos al hogar. Ofrezcamos nuestros pies para acudir a aquellos que están necesitados, y darles nuestra voz para que hable las palabras de sanación, de perdón y de liberación. Y sobre todo, ofrezcamos nuestra buena voluntad para unirnos en la gran cruzada de corregir el loco error del pecado y la culpa dondequiera que la encontremos.

En otras palabras, somos nosotros los que Le traeremos de vuelta. En realidad, nunca se fue, el regreso es un regreso a nuestra consciencia, el regreso del recuerdo de nuestra Identidad. El trabajo que hago conmigo mismo es el modo más poderoso de invitar al Segundo Advenimiento. El modo en que afirmo la identidad de mis hermanos conmigo y con Cristo, a través del perdón, a través de la verdadera visión, así es como llega el Segundo Advenimiento.

Cada uno de nosotros tiene una parte importantísima en esto. “Mi papel en el plan de salvación de Dios es esencial” (L.100). El pequeño cambio que se produce en tu mente cuando practicas el Curso cada día, el aparentemente insignificante cambio mental que te permite perdonar a la persona que te corta el tráfico o al amigo o pariente que actúa de manera no amorosa, cada pequeño acto de bondad, cada vez que eliges ver una petición de amor en lugar de un ataque, contribuye al despertar de esta Gran Mente, el Único Ser que somos. No eres tú solo el que está despertando, es el Cristo. Él está regresando de nuevo. Él está regresando de nuevo en ti.

“Y a medida que te dejas curar, te das cuenta de que junto contigo se curan todos los que te rodean, los que te vienen a la mente, aquellos que están en contacto contigo y los que parecen no estarlo. Tal vez no los reconozcas a todos, ni comprendas cuán grande es la ofrenda que le haces al mundo cuando permites que la curación venga a ti. Mas nunca te curas solo. Legiones y legiones de hermanos recibirán el regalo que tú recibes cuando te curas”. (L.137.10:1-4)

“El Espíritu Santo se regocijará de tomar cinco minutos de cada hora de tu tiempo para llevarlos alrededor de este mundo afligido donde el dolor y la congoja parecen reinar. No pasará por alto ni una sola mente receptiva que esté dispuesta a aceptar los dones de curación que esos minutos brindan, y los concederá allí donde Él sabe que han de ser bien recibidos. Y su poder sanador aumentará cada vez que alguien los acepte como sus propios pensamientos y los use para curar.

De esta manera, cada ofrenda que se le haga se multiplicará miles de veces y decenas de miles más. Y cuando te sea devuelta, sobrepasará en poderío la pequeña ofrenda que hiciste, en forma parecida a como el resplandor del sol es infinitamente más potente que el pequeño destello que emite la luciérnaga en un fugaz instante antes de apagarse. El constante fulgor de esta luz permanecerá y te guiará más allá de las tinieblas; y jamás podrás olvidar el camino otra vez”. (L.97.5-6)

Eso es lo que está sucediendo hoy. A lo largo de los siglos, sólo unos pocos han recordado. Su luz ha brillado y, aparentemente, en muchos casos se ha apagado. Pero en realidad, nunca se ha apagado. Cada destello de luz ha iluminado cada mente del mundo, la ha cambiado y acercado un poco más a la Verdad, hasta hoy, en nuestra vida podemos ver los comienzos de un “resplandor constante”, una luz que es demasiado brillante como para quedarnos en la oscuridad de nuevo. Estamos viendo el efecto bola de nieve de la iluminación. La bola de nieve se ha hecho demasiado grande para ignorarla. Víctor Hugo dijo: “Nada es tan poderoso como una idea a la que le ha llegado su hora”, y la hora de esta idea ya ha llegado. Está aquí, y nosotros somos parte de ella.











sábado, 2 de noviembre de 2024

Lección 308 Este instante es el único tiempo que existe.

 



1. El concepto que he forjado del tiempo impide el logro de mi objetivo. 2 Si decido ir más allá del tiempo hasta la intemporalidad, tengo que cambiar mi percepción acerca del propósito del tiempo. 3 Pues su propósito no puede ser que el pasado y el futuro sean uno. 4 El único intervalo en el que puedo librarme del tiempo es ahora mismo. 5 Pues en este instante el perdón ha venido a liberarme. 6 Cristo nace en el ahora, sin pasado ni futuro. 7 Él ha venido a dar la bendición del presente al mundo, restaurándolo a la intemporalidad y al amor. 8 Y el amor está siempre presente, aquí y ahora.

2. Gracias por este instante, Padre. 2 Es ahora cuando soy redimido. 3 Este instante es el momento que señalaste para la liberación de Tu Hijo y para la salvación del mundo en él. 




Comentario:

La manera del Curso de considerar al tiempo va en contra de nuestra manera de pensar. El tiempo es una ilusión. Realmente no fluye desde el pasado a través del presente al futuro. Todo lo que existe es ahora. El pasado y el futuro no existen en realidad, sólo en nuestra mente. Una de las claves para “ir más allá del tiempo hasta la intemporalidad” (1:2) es aprender a sentir el ahora como el único tiempo que existe. Esto es un modo de describir lo que el Curso llama “el instante santo”. (La enseñanza que está debajo de esta corta lección puede encontrarse leyendo “Los Dos Usos del Tiempo” (T.15.I.). Lee especialmente los párrafos 8 y 9 respecto a practicar el instante santo.

“El único intervalo en el que puedo librarme del tiempo es ahora mismo” (1:4). Piensa en ello. ¿Qué otro tiempo has sentido excepto el ahora? No puedes salvarte del tiempo ayer, y nunca sientes el mañana. El ahora es el único tiempo en el que puedes tener esta experiencia de salvarte del tiempo, esta experiencia de perdón. El perdón deja que el pasado se vaya y se concentra en la bendición del presente. Así pues, justo ahora, en este mismo instante, puedes entrar en el instante santo. Puedes hacerlo en cualquier instante, y puede ser este mismo instante si quieres recibirlo. Sólo durante este instante, olvida el pasado. Responde al ahora únicamente. Olvida incluso hace cinco segundos, lo que alguien ha dicho, lo que tú has sentido. Sólo quédate en el ahora.

El Curso nos aconseja que practiquemos esto. Pienso que quiere decir práctica en los dos sentidos de la palabra: primero, que el instante santo tiene que aplicarse, o usarse. Segundo, el instante santo tiene que ensayarse. Incluso se nos aconseja “practicar el mecanismo del instante santo” (T.15.II.5:4). El autor parece muy consciente de que no lo lograremos la primera vez, o quizá no durante un cierto tiempo. Por eso nos aconseja que practiquemos su mecanismo, que sigamos todos los pasos, por así decirlo, hasta que un día la experiencia nos tome. En otras palabras, que lo ensayemos. Las mejores instrucciones para ensayarlo están en la Sección I del Capítulo 15, párrafo 9, del Texto.

Por lo menos, tomar un corto tiempo por la mañana y por la noche para pensar en este momento como todo el tiempo que existe, es un ejercicio maravilloso. Me produce una profunda sensación de paz cuando me permito a mí mismo reconocer que nada del pasado me puede afectar aquí, que he sido perdonado de toda culpa que pueda sentir por el pasado, y mis hermanos han sido perdonados junto conmigo. Y tampoco puede afectarme nada del futuro. Puedo estar simplemente en este instante, libre de culpa y libre de miedo. No existe el pasado. No existe el futuro. Únicamente existe el ahora, y en este instante el amor está siempre presente, aquí y ahora.

“Gracias por este instante, Padre. Ahora es cuando soy redimido. Este instante es el momento que señalaste para la liberación de Tu Hijo y para la salvación del mundo en él”. (2:1-3)




¿Qué es el Segundo Advenimiento? (Parte 8)

L.pII.9. 4:3-4

A todo el mundo del pasado, del presente y del futuro “se les libera igualmente de lo que hicieron” (4:2). El Segundo Advenimiento es “estar dispuesto a dejar que el perdón descanse sobre todas las cosas sin excepción y sin reservas” (1:3). Las palabras “En esta igualdad…” se refieren a la igualdad del perdón, esa igualdad de la liberación de la culpa y de la condena.

“En esta igualdad se reinstaura a Cristo como una sola Identidad, en la Cual los Hijos de Dios reconocen que todos ellos son uno solo” (4:3). Podemos decir que queremos la unidad, pero ¿queremos los medios para la unidad? Hay una sección del Texto que habla del hecho de que fingimos que queremos un objetivo determinado, pero rechazamos los medios para alcanzar ese objetivo. Dice que si dudamos acerca de los medios, eso demuestra realmente que tenemos miedo del objetivo. Podemos decir que queremos la unidad y, sin embargo, dudamos a la hora de ofrecer el perdón completo, podemos quejarnos de que el perdón total es muy difícil, que es pedir demasiado. Según este fragmento, el verdadero problema es que tenemos miedo de la unidad que el perdón traería:

“Para alcanzar el objetivo, el Espíritu Santo pide en verdad muy poco. Y pide igualmente poco para proporcionar los medios. Los medios son secundarios con respecto al objetivo. Cuando dudas, es porque el propósito te atemoriza, no los medios.

Recuerda esto, pues, de lo contrario, cometerás el error de creer que los medios son difíciles”. (T.20.VII.3:1-5)

¿Estoy dispuesto a reconocer que soy uno con “esa persona” de mi vida? Si tengo un problema de perdón no es porque el perdón es demasiado difícil, es porque no quiero la unidad que traería.

“Pregunta únicamente: "¿Deseo realmente verlo como alguien incapaz de pecar?" Y al preguntar esto, no te olvides de que en el hecho de que él es incapaz de pecar radica tu liberación del miedo”. (T.20.VII.9:2-3)

Cada vez que alcanzo ese deseo, el Segundo Advenimiento se acerca más.

“Y Dios el Padre le sonríe a Su Hijo, Su única creación y Su única dicha” (4:4). Cuando deseamos vernos unos a otros como inocentes, y reconocer nuestra unidad, Dios el Padre una vez más mira a Su Hijo y sonríe. Somos Su única creación y Su única dicha, y sólo cuando abandonamos los obstáculos del “pecado” y de la “culpa”, y nos perdonamos unos a otros, es cuando se ve la unidad, y la alegría del Padre se expresa en nosotros y a través de nosotros.












Lección 307 Abrigar deseos conflictivos no puede ser mi voluntad.

 



1. Padre, Tu Voluntad es la mía y nada más lo es. 2 No hay otra voluntad que yo pueda tener. 3 Que no trate de forjar una, pues sería absurdo y únicamente me haría sufrir. 4 Sólo Tu Voluntad me puede hacer feliz y sólo Tu Voluntad existe. 5 Si he de tener aquello que sólo Tú puedes dar, debo aceptar lo que Tu Voluntad dispone para mí y alcanzar una paz en la que el conflicto es imposible, Tu Hijo es uno Contigo en ser y en voluntad y nada contradice la santa verdad de que aún soy tal como Tú me creaste.

2. Y con esta plegaria nos sumergimos silenciosamente en un estado en el que el conflicto es imposible, pues hemos unido nuestra santa voluntad a la de Dios, en reconocimiento de que son una y la misma.




Comentario:

“No hay otra voluntad que yo pueda tener” (1:2) excepto la Voluntad de Dios. No existe otra voluntad. La idea de que podría haber algo (el demonio, yo mismo, incluso una parte de mí) que se opone a Dios es la idea de la que procede la separación. Intentar “forjar otra” (1:3) es imposible, no existe nada que esté aparte de Dios, la Fuente de todo ser. Intentar inventar otra voluntad distinta a la de Dios es la fuente de todo dolor (1:3), el dolor es el falso testigo de ese intento.

Si no hay otra voluntad que la de Dios, entonces “los deseos conflictivos no pueden ser mi voluntad”. La aparente sensación de conflicto mental que siento, la guerra mental entre el Jekyll y el Hyde (el bueno y el malo) dentro de mí, tiene que ser una ilusión y no puede ser lo que yo quiero. Tengo que aprender a aceptar que los deseos en mí que parecen estar en conflicto con mi verdadero Ser no son reales, y no tienen nada de verdad acerca de mí. No significan que yo sea un malvado o un caso perdido. No significan nada.

No tengo otra elección.

“Si he de tener aquello que sólo Tú puedes dar, debo aceptar lo que Tu Voluntad dispone para mí y alcanzar una paz en la que el conflicto es imposible, Tu Hijo es uno Contigo en ser y en voluntad, y nada contradice la santa verdad de que aún soy tal como Tú me creaste”. (1:5)

En palabras sencillas, Dios me creó, yo no. Lo que yo soy no es el resultado de mi propia elección. Soy tal como Dios me creó. No tengo elección respecto a ello. La paz total es imposible hasta que acepte que esto es verdad y acuda a lo que soy, poniendo fin a mi lucha con la realidad. Que termine la lucha, que me rinda a mi Ser.




¿Qué es el Segundo Advenimiento? (Parte 7)


L.pII.9. 4:1-2

“El Segundo Advenimiento es el único acontecimiento en el tiempo que el tiempo mismo no puede afectar” (4:1). Esto es verdad porque el Segundo Advenimiento es sólo el recuerdo de lo que es eterno y no puede cambiar nunca. Es un acontecimiento en el tiempo, es decir, tiene lugar dentro del tiempo, aunque pone fin al tiempo. El Segundo Advenimiento afecta al tiempo, pero el tiempo no puede afectarlo a él.

“Pues a todos los que vinieron a morir aquí o aún han de venir, o a aquellos que están aquí ahora, se les libera igualmente de lo que hicieron” (4:2). Cuando decimos que “en el Segundo Advenimiento todas las mentes se ponen en manos de Cristo”, “todas” incluye no sólo a las personas que están vivas ahora, sino todos aquellos que vivieron antes y aquellos todavía por venir. Por lo tanto, aunque el Segundo Advenimiento ocurre dentro del tiempo, va más allá del tiempo. Se extiende al pasado para liberar a los que vivieron antes, así como a aquellos “vivos” en cuerpos. Es un acontecimiento que va más allá del tiempo. No queda nadie fuera. El Texto dice que los milagros “cancelan el pasado en el presente, y así, liberan el futuro” (T.1.I.13:3). La idea de que podemos “cancelar” el pasado es sorprendente, tranquilizadora. Se nos dice que “el Espíritu Santo, si se lo permitimos anulará todas las consecuencias de nuestras decisiones equivocadas” (T.5.VII.6:10). El Segundo Advenimiento es la expresión última de esa liberación, en la que a cada uno, incluso a aquellos del pasado, “se les libera igualmente de lo que hicieron”, es decir, se les libera de las ilusiones que inventaron.

No sé cómo sucederá esto. Cuando el Curso dice que el Espíritu Santo no está limitado por el tiempo (T.15.I.2:3-5), no puedo decir que entiendo cómo puede extenderse hacia atrás en el tiempo y sanar cosas que ya han sucedido desde nuestra perspectiva. Sin embargo, el Curso deja muy claro que Él puede hacerlo. En el Segundo Advenimiento, cada percepción falsa desde el comienzo hasta el final del tiempo será sanada. No quedará ni condena, ni culpa en ninguna mente, ni en ningún lugar, ni momento.



















Lección 365 Tu llegada al hogar es segura.

  Te entrego este instante santo. Sé Tú Quien dirige, pues quiero únicamente seguirte, seguro de que Tu dirección me brindará paz. Y si nece...