viernes, 15 de noviembre de 2024

Lección 320 Mi Padre me da todo poder.

 



1. El Hijo de Dios no tiene límites. 2 Su fortaleza es ilimitada, así como su paz, su júbilo y todos los atributos con los que su Padre lo dotó al crearlo. 3 Lo que dispone con su Creador y con su Redentor se hace. 4 Lo que su santa voluntad dispone jamás puede ser negado porque su Padre refulge en su mente y deposita ante ella toda la fuerza y amor de la tierra y del Cielo. 5 Soy aquel a quien todo esto se le da. 6 Soy aquel en quien reside el poder de la Voluntad del Padre.

2. Tu Voluntad puede hacer cualquier cosa en mí y luego extenderse a todo el mundo a través de mí. 2 Tu Voluntad no tiene límites. 3 Por lo tanto, a Tu Hijo se le ha dado todo poder.




Comentario:

Aquellos de nosotros que no han estudiado la Biblia, o los Evangelios en concreto, puede que no reconozcan estas palabras como parecidas a las que dijo Jesús poco después de la resurrección: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18). Me parece significativo que el Curso ponga estas palabras en nuestra boca. Es una indicación del plano de igualdad con Jesús en que nos pone. Él no era algo diferente a nosotros, todos nosotros junto con Él somos Hijos iguales de Dios. Él está un poco más avanzado en el tiempo (o quizá, fuera del tiempo), pero con la misma naturaleza. Todos somos el Hijo de Dios, juntos, tal como Dios nos creó.

Esta sección se extiende acerca de que el Hijo de Dios no tiene límites, que se menciona en “¿Qué es el juicio Final?” Allí, Dios dice: “"Tú sigues siendo Mi santo Hijo… tan ilimitado como tu Creador, absolutamente inmutable y por siempre inmaculado"” (L.pII.10.5:1). Aquí se nos dice que somos (como Hijo de Dios) “ilimitado”, “el Hijo de Dios no tiene límites” (1:1), sin límites en ninguna de nuestras cualidades, ya sea fortaleza, paz, dicha, o no importa qué. Fortaleza sin límites, paz sin límites, dicha sin límites. Para ser honesto, no puedo imaginarme cómo es la dicha sin límites, y sin embargo esta lección dice que es mía. Conozco la dicha. Conozco una gran dicha. A veces soy tan dichoso que apenas puedo contenerla. Pero, ¿dicha sin ningún límite en absoluto? ¿Cómo tiene que ser?

Pienso que todos ponemos límites mentales a nuestra fortaleza, a nuestra paz y a nuestra dicha. Y, en realidad, a nuestra felicidad. ¿No has tenido nunca la sensación de que, de algún modo, es peligroso ser demasiado feliz? Pensamos: “¡Cuidado! No queremos convertirnos en bobos dichosos”. Sin embargo, la característica del Hijo de Dios es la dicha sin límites. ¿Cómo llegar a conocerla como nuestra si le ponemos límites a nuestra dicha? Nuestro ego actúa como un administrador del motor interno de felicidad y dicha, podemos llegar hasta un punto de felicidad, y luego la energía parece apagarse. Necesitamos abandonar a ese administrador.

¿Creo realmente que lo que quiero junto a mi Creador “se hace”? (1:3). ¿Creo que lo que mi voluntad dispone no puede ser negado? (1:4) Hay algunos que tienen un atisbo de esto, y son aquellos que parecen lograr tantas cosas en su vida, negándose a creer que lo que quieren no puede ocurrir. En lugar de ello, se dan cuenta de que tiene que ocurrir.

Por supuesto, aquí no estamos hablando sólo de cosas terrenales. Éste no es el mensaje del dominio de la voluntad, o del control de nuestro entorno por la fuerza de nuestra voluntad. Esto se refiere a nuestra voluntad “santa”, unida a la Voluntad de Dios, que se expresa en la extensión de Su Ser. En esto tenemos poder sin límites. En esto, “Tu Voluntad puede hacer cualquier cosa en mí y luego extenderse a todo el mundo a través de mí” (2:1). Cada uno de nosotros puede ser una fuerza ilimitada para el bien y para Dios si dejamos a un lado la creencia en las limitaciones. Por ejemplo, el poder del amor no tiene límites porque no hay nada real que se le oponga.

Padre, hoy voy a examinar mis pensamientos y buscar las creencias en límites que impiden que Tu poder actúe en mí y a través de mí. Que las reconozca como falsas y que me abra a Tu gran poder, actuando a través de mí para extenderse a todo el mundo.




¿Qué es el Juicio Final? (Parte 10)

L.pII.10.5:2-3

“Despierta, pues, y regresa a Mí. Yo soy tu Padre y tú eres Mi Hijo”. (5:2-3) El Juicio Final de Dios termina con esto, completando la afirmación que tratamos ayer. Nos cuesta mucho aceptar todas las cosas que aquí se mencionan que Dios está diciendo de nosotros. Necesitamos despertar del sueño en el que su opuesto parece verdadero, y regresar al Padre que nunca ha dejado de amarnos con un amor eterno. “Tú eres Mi Hijo”. Eso es lo que todos deseamos de verdad oír, y todos nosotros (como el hijo pródigo en la Biblia) tenemos miedo de haber perdido el derecho a oírlas. El hijo pródigo estaba tan lleno de culpa que regresó a su padre esperando que, en el mejor de los casos, fuese aceptado y tratado como un criado. En lugar de eso, recibió la bienvenida con un banquete. Su padre salió a su encuentro en el camino.

¿Tenemos miedo de acercarnos a Dios? ¿Dudamos de dirigirnos a Él? ¿Nos sentimos avergonzados acerca de cómo hemos vivido y de lo que hemos hecho con los regalos que Él nos ha dado? Él no está enfadado. Él no está avergonzado de nosotros. Lo único que Él sabe es que somos Sus Hijos, los que Él ama. Y nos está llamando para que regresemos a Él, para que salgamos de la pesadilla en la que nos hemos perdido y olvidado de nosotros mismos, nos está esperando para darnos la bienvenida una vez más a Sus amorosos brazos.














jueves, 14 de noviembre de 2024

Lección 319 Vine a salvar al mundo.

 




1. He aquí un pensamiento del que se ha eliminado toda traza de arrogancia y en el que sólo queda la verdad. 2 Pues la arrogancia se opone a la verdad. 3 Mas cuando la arrogancia desaparece, la verdad viene inmediatamente y ocupa el espacio que, al irse el ego, quedó libre de mentiras. 4 Únicamente el ego puede estar limitado y, por consiguiente, no puede sino perseguir fines limitados y restrictivos. 5 El ego piensa que lo que uno gana, la totalidad lo pierde. 6 La Voluntad de Dios, sin embargo, es que yo aprenda que lo que uno gana se les concede a todos.

2. Padre, Tu Voluntad es total. 2 Y la meta que emana de ella comparte su totalidad. 3 ¿Qué otro objetivo, sino la salvación del mundo, podrías haberme encomendado? 4 ¿Y qué otra cosa sino eso podría ser la Voluntad que mi Ser ha compartido Contigo?




Comentario:

El Curso es muy claro aquí acerca de que nuestro propósito, el de cada uno de nosotros, es la salvación del mundo. Éste es muy diferente del propósito para el que el ego vino al mundo, que es encontrar un lugar en el que Dios no pudiese entrar, escondernos de Dios, por así decirlo, y finalmente morir. Pero el Espíritu Santo tiene un propósito diferente para todo lo que ha inventado el ego para sus fatales propósitos. Nuestro propósito aquí es llevar el mundo a la luz al permitir que seamos transformados, convirtiéndonos en extensiones de Dios en el sueño, para despertar a todos nuestros hermanos junto con nosotros.

Decir: “Estoy aquí para salvar al mundo”, que es lo mismo que el título de la lección, nos parece muy arrogante, pero “he aquí un pensamiento del que se ha eliminado toda traza de arrogancia” (1:1). No es arrogante porque es la verdad, esto es para lo que Dios nos creó, y la función que nos dio. Decir lo contrario es arrogante porque se opone a la verdad e intenta inventar un papel para nosotros que no es el nuestro.

Cuando nuestra arrogancia desaparece, “la verdad viene inmediatamente” (1:3) para llenar el lugar que ha quedado vacío. Los papeles que nos hemos inventado para nosotros mismos están impidiendo e interfiriendo en la función que Dios nos ha dado. La razón por la que pensar que estamos aquí para salvar al mundo no es arrogante es que “lo que uno gana se le concede a todos” (1:6). Así que, aceptar nuestra función como salvadores significa que lo aceptamos por todos, nuestros hermanos se convierten en nuestros salvadores tal como nosotros nos convertimos en los suyos. Si la Voluntad de Dios es total (2:1), entonces el propósito de Dios debe ser total, debe ser la salvación de todo el mundo (2:3), no sólo la mía y la tuya y la de nuestra hermana Susana.

La Voluntad de Dios es llevar el mundo al hogar a la unidad y, por lo tanto, es “la Voluntad que mi Ser ha compartido Contigo” (2:4). Es también mi voluntad. Estamos aquí para la sanación de todas las mentes. Nuestra voluntad es que todos despierten al amor, y ése es nuestro único propósito de estar aquí.

“Vine a salvar al mundo”. Repítete esto a ti mismo, recordártelo es un ejercicio importante. Otro modo de decir esto es: “Estoy aquí únicamente para ser útil”. Que me acuerde de esto hoy. No estoy aquí para hacerme famoso, para hacer dinero, o para lograr cosas pasajeras que considero mis metas. Estoy aquí para ayudar. Estoy aquí para sanar. Estoy aquí para bendecir. Estoy aquí para salvar al mundo.




¿Qué es el Juicio Final? (Parte 9)

L.pII.10.5:1

“Éste es el juicio Final de Dios: "Tú sigues siendo Mi santo Hijo, por siempre inocente, por siempre amoroso y por siempre amado, tan ilimitado como tu Creador, absolutamente inmutable y por siempre inmaculado"”. (5:1)

Leo estas frases una y otra vez, siento que necesito oírlas a menudo, porque soy consciente de la parte de mi mente que no lo cree.

Soy inocente para siempre. Y sin embargo, a veces me siento culpable. He hecho cosas en mi vida de las que no me siento orgulloso. He fallado a otros. No he estado allí cuando esperaban que estuviera allí. He abandonado al amor. He dicho cosas con la intención de hacer daño. He engañado. Como todos, tengo un montón de cosas que lamento del pasado. Pero Dios me ve siempre inocente. Para mí, una de las frases más conmovedoras del Curso es:

“Tú no has perdido tu inocencia” (L.182.12:1). A veces pienso que la mejor definición del “milagro” es el cambio de percepción que nos permite vernos a nosotros mismos completamente inocentes. Para nosotros es extremadamente difícil ver esto de nosotros mismos, para mí esto es uno de los principales valores de una relación santa. El Curso nos dice que solos no podemos vernos a nosotros mismos completamente inocentes, necesitamos a otro con quien aprender esto juntos.

Soy amoroso para siempre. De nuevo, hay pruebas en mi pasado que contradicen esto. El Curso dice que eso es falso, que no estamos viendo la totalidad de la imagen, y que lo que parecía ser no amoroso era en realidad nuestro propio miedo y una petición de amor.

Sentimos dolor por lo que hemos hecho, pero el Juicio Final nos liberará de ese dolor para siempre, y podremos ver que siempre hemos sido amorosos y que lo somos para siempre. Nada de lo que hemos hecho ha cambiado esto.

Soy amado por siempre. ¡Ah! Esto es a veces difícil de creer, y por las mismas razones: no nos sentimos dignos de ser amados y a veces no nos amamos a nosotros mismos. Recuerdo haber participado en una meditación guiada en la que me sentí dirigido a extender amor, bendiciones y comprensión compasiva a cada uno de los de la sala, y luego a los del barrio, y después al mundo entero. Y luego imaginarme a mí mismo mirando hacia abajo al mundo desde arriba, para verme a mí mismo sentado allí y extender ese mismo amor, bendiciones y comprensión compasiva a mí mismo. Sentí que algo se derretía muy dentro de mí, la severidad de los juicios a mí mismo se derretía cediéndole el lugar a la compasión, y lloré ¡Qué duros somos con nosotros mismos! ¡Y qué pocas veces nos damos cuenta de lo fuertemente que nos atamos a nosotros mismos al banquillo del juicio y de los acusados!

Soy tan ilimitado como mi Creador. Eso pone a prueba mi credulidad y mi comprensión. El lugar al que el Curso nos está llevando, donde se comprende que esto es verdad, está mucho más allá de lo que nos imaginamos.

Soy absolutamente inmutable, sin cambios. La experiencia del cambio constante, de los cambios de humor, de los altibajos, no es lo que yo soy. El Curso me dice: “No eres tú el que es tan vulnerable y susceptible de ser atacado que basta una palabra, un leve susurro que no te plazca, una circunstancia adversa o un evento que no hayas previsto para trastornar todo tu mundo y precipitarlo al caos” (T.24.III.3:1). Eso es lo que pienso que soy, pero eso no soy yo, no mi verdadero Ser.

Soy absolutamente inmaculado para siempre. Puro significa sin contaminación, sin cambio ni alteración. A menudo me siento como una mezcla enfermiza de bondad, maldad e indiferencia. Eso no es lo que yo soy. Yo soy puro, sin mezclas.

Y en el Juicio Final de Dios yo sabré esto, lo sabré todo. Puedo saberlo ahora. Puedo oír Su Voz a mí: hoy, ahora, en el instante santo. Este mensaje es lo que se me comunica sin palabras cada vez. Entro en Su Presencia. Este mensaje es lo que se me da a mí, y a ti, para compartirlo con el mundo.



















martes, 12 de noviembre de 2024

Lección 318 Soy el medio para la salvación, así como su fin.

 



1. En mí—el santo Hijo de Dios—se reconcilian todos los aspectos del plan celestial para la salvación del mundo. 2 ¿Qué podría estar en conflicto, cuando todos los aspectos comparten un mismo propósito y una misma meta? 3 ¿Cómo podría haber un solo aspecto que estuviese separado o que tuviera mayor o menor importancia que los demás? 4 Soy el medio por el que el Hijo de Dios se salva porque el propósito de la salvación es encontrar la impecabilidad que Dios ubicó en mí. 5 Fui creado como Aquello tras lo cual ando en pos. 6 Soy el objetivo que el mundo anda buscando. 7 Soy el Hijo de Dios, Su único y eterno amor. 8 Soy el medio para la salvación, así como su fin.

2. Que asuma hoy, Padre mío, el papel que me ofreces al pedirme que acepte la Expiación para mí mismo. 2 Pues lo que de este modo se reconcilia en mí se reconcilia igualmente en Ti.



Comentario:

Dicho de manera más sencilla, la meta de la salvación es lo que yo ya soy, y el medio para traer la salvación también soy yo. Yo soy lo que es la salvación, y yo soy el camino para llegar allí.

La salvación es el reconocimiento de la unidad, entonces, “¿cómo podría haber un solo aspecto que estuviese separado o que tuviese mayor o menor importancia que los demás?” (1:3). Los medios para la salvación no están en alguna otra parte de la salvación de la que yo estoy separado. La totalidad es de lo que se trata, por lo tanto, los “medios” de llegar allí y el “allí” al que nos dirigimos deben ser lo mismo y, por lo tanto deben estar dentro de mí.

“Yo soy el medio por el que el Hijo de Dios se salva, porque el propósito de la salvación es encontrar la impecabilidad que Dios ubicó en mí”. (1:4)

La inocencia ya está aquí, en mí, donde Dios la puso. Entonces, puesto que el propósito de la salvación es encontrar esa inocencia, yo tengo que ser el medio mediante el cual tiene lugar la salvación.

Me encantan estas frases que siguen a continuación. Para mí, si permito que mi incredulidad desaparezca por un momento lo suficientemente largo para sentir la importancia de estas palabras, “conseguiré” lo que dicen:

“Fui creado como aquello tras lo cual ando en pos. Soy el objetivo que el mundo anda buscando. Soy el Hijo de Dios, Su único y eterno amor. Yo soy el medio para la salvación, así como su fin”. (1:5-8)

Soy lo que estoy buscando porque Lo he sido desde que fui creado. Estoy buscando únicamente mi Ser, y ¿Dónde puedo encontrar mi Ser sino en mí? Ésta es una búsqueda cuyo éxito está garantizado porque ya soy lo que estoy buscando. La única razón de que parezca ser un viaje de búsqueda es porque he olvidado lo que soy. No hay que ir a ningún sitio.

Intenta repetirte a ti mismo varias veces: “Yo soy la meta que el mundo está buscando”. Date cuenta de los pensamientos que surgen para negar lo que estás diciendo, y míralos de frente. Date cuenta de que es lo que crees acerca de ti mismo lo que te impide decir estas palabras de todo corazón y sin dudas.

Pensamos que tenemos la enfermedad del pecado, y que estamos buscando su curación. Una enfermedad de culpa y de separación. Pero ¡la búsqueda es parte de la enfermedad! De hecho, no hay enfermedad, y sólo la búsqueda hace que parezca que existe. Si durante un momento podemos dejar de creer que estamos separados, nos daremos cuenta de que no lo estamos. La verdad vendrá por sí misma. Relájate, estás bien. Nuestra única necesidad es aceptar la Expiación, aceptar nuestra unidad con Dios, darnos cuenta de que la iluminación es sólo un “darse cuenta”, y no un cambio. No tenemos que cambiar, tenemos que aceptar lo que siempre hemos sido.

“Permíteme hoy, Padre mío, asumir el papel que Tú me ofreces al pedirme que acepte la Expiación para mí mismo. Pues lo que de este modo se reconcilia en mí se reconcilia igualmente en Ti”. (2:1-2)




¿Qué es el Juicio Final? (Parte 8)

L.pII.10.4:2-6

El Juicio Final es únicamente Amor. Es Dios reconociendo a Su Hijo como Su Hijo (4:3). En el examen final, el Amor de Dios a nosotros es lo que “sanará todo pesar, enjugará todas las lágrimas, y nos despertará tiernamente de nuestro sueño de dolor” (4:3). Podemos pensar, y ciertamente lo pensamos, que algo distinto al Amor de Dios podrá hacer eso por nosotros. Debemos pensar eso, o de otro modo, ¿por qué pasamos tanto tiempo buscándolo? Sin embargo, el Amor continúa esperando a que lo recibamos. Seguimos buscando en cualquier otro sitio porque, en nuestra locura, tenemos miedo del Amor que se nos está ofreciendo.

Nuestro ego nos ha enseñado a tener miedo a Dios y a Su Amor. Tenemos miedo de que, de algún modo, nos tragará y nos hará desaparecer. Pero ¿podría hacer eso el Amor y seguir siendo Amor? Se nos dice dos veces (4:2, 4:4) que no tengamos miedo al Amor. Ése es un modo de mirar a todo lo que estamos aprendiendo: no tener miedo al Amor. En lugar de eso, se nos pide que “le demos la bienvenida” (4:5). Y es tu aceptación del Amor, y la mía, la que salvará y liberará al mundo.

Tenemos miedo de que, al abrirnos al amor, nos harán daño. A menudo nos parece que tomar el camino del amor es tomar el camino de la debilidad. Se le da tanta importancia a tener cuidado del Número Uno, a establecer nuestros límites, a mantener nuestras distancias, a evitar que nos ataquen. Esas cosas tienen su lugar para estar seguros, y sin embargo, a veces pienso que son excusas para la separación, excusas para permanecer aislados, excusas para evitar el amor. Dar amor parece difícil, y recibirlo todavía más difícil. Sin embargo, al final abrirnos tanto a dar como a recibir amor, que en realidad son lo mismo, es todo lo que se necesita. Somos amor, y únicamente al abrirnos completamente al Amor, descubriremos esa verdad de nuestro propio Ser.















lunes, 11 de noviembre de 2024

Lección 317 ¡PADRE! Sigo el camino que me has señalado.

 



1. Tengo una misión especial que cumplir, un papel que sólo yo puedo desempeñar. 2 La salvación espera hasta que yo decida asumir ese papel como mi único objetivo. 3 Hasta que no tome esa decisión, seré un esclavo del tiempo y del destino humano. 4 Pero cuando por mi propia voluntad y de buen grado vaya por el camino que el plan de mi Padre me ha señalado, reconoceré entonces que la salvación ya ha llegado, que se les ha concedido a todos mis hermanos y a mí junto con ellos.

2. Padre, Tu camino es el que elijo seguir hoy. 2 Allí donde me conduce, es adonde elijo ir; y lo que quiere que haga, es lo que elijo hacer. 3 Tu camino es seguro y el final está garantizado. 4 Allí me aguarda Tu recuerdo. 5 Y todos mis pesares desaparecerán en Tu abrazo, tal como le prometiste a Tu Hijo, Quien pensó erróneamente que se había alejado de la segura protección de Tus amorosos Brazos.




Comentario:

“Tengo una misión especial que cumplir, un papel que sólo yo puedo desempeñar”. (1:1)

Tengo un lugar reservado para mí en el plan de la Expiación. Es algo que está especialmente planeado que yo haga, y hasta que encuentre y lleve a cabo mi parte, “la salvación espera” (1:2). Mi creencia en la locura de la separación tiene que ser sanada para que la sanación sea completa.

Creo que cada uno tiene un papel especial que desempeñar en la salvación. Todos tenemos una “función especial” que cumplir, y parte de seguir al Espíritu Santo consiste en aprender a descubrir cuál es ese papel. Puede que no sea algo grande a los ojos del mundo. Podría ser la sanación de una relación especial determinada. Podría ser, como en el caso de Helen Schucman, llevar un mensaje de Dios al mundo. Podría ser criar y educar niños desde la perspectiva de una mente que ha sanado. Podría ser atender un mostrador, escuchar a los clientes y perdonarles. Pero tenemos una función y tenemos que encontrarla y llevarla a cabo.

Sea cual sea, siempre será alguna forma de sanación, de deshacer la culpa, de reconocer al Cristo en aquellos que nos rodean. Será una función que, de alguna forma, da y trae la gracia al mundo, pues todas las funciones dentro del plan de Dios entran en esta categoría general. Nuestra función aquí es la sanación.

Cuando encuentre mi función, encontraré mi felicidad, pues la felicidad es mi función. Esto es lo que elijo hoy. Padre, hoy digo:

“Iré donde Tú quieres que vaya, haré lo que Tú quieres que haga. Siempre Te amaré”.

“Todos mis pesares desaparecerán en Tu abrazo”. (2:5)





¿Qué es el Juicio Final? (Parte 7)

L.pII.10.4:1

“El Juicio Final de Dios es tan misericordioso como cada uno de los pasos de Su plan para bendecir a Su Hijo y exhortarlo a regresar a la paz eterna que comparte con él”. (4:1)

El plan de Dios y su final se caracterizan por una cosa: la misericordia. El resultado final es misericordioso, y cada paso a lo largo de nuestro aprendizaje será misericordioso. Dios tiene un plan, y ese plan es llamarnos a “regresar a la paz eterna que comparte con nosotros". Cualquier parte de ese plan es misericordiosa.

Algunas veces, aunque pensemos que el final será misericordioso, pensamos que las dificultades, el dolor y el sufrimiento son necesarios en el camino. Yo no lo creo. Pienso que la naturaleza misericordiosa del resultado está también en todo el camino. Cada parte de él está dirigido a liberarnos del sufrimiento. “No hay que sufrir para aprender” (T.21.I.3:1). Cuando, en nuestra ceguera, elegimos dolor, puede ser usado para enseñarnos; pero no es necesario que sea de ese modo. El único deseo de Dios es liberarnos de nuestro sufrimiento.

Y al final, Él nos liberará. Al final, conoceremos la totalidad de Su misericordia, la firmeza de Su Amor, y el brillante esplendor de Su dicha. En el corazón del universo, Dios es una extensión infinita de bienvenida.

















domingo, 10 de noviembre de 2024

Lección 316 Todos los regalos que les hago a mis hermanos me pertenecen.

 



1. Del mismo modo en que cada uno de los regalos que mis hermanos hacen me pertenece, así mismo cada regalo que yo hago me pertenece también. 2 Cada uno de ellos permite que un error pasado desaparezca sin dejar sombra alguna en la santa mente que mi Padre ama. 3 Su Gracia se me concede con cada regalo que cualquier hermano haya recibido desde los orígenes del tiempo y más allá del tiempo también. 4 Mis arcas están llenas, y los ángeles vigilan sus puertas abiertas para que ni un solo regalo se pierda y sólo se puedan añadir más. 5 Que llegue allí donde se encuentran mis tesoros y entre a donde en verdad soy bienvenido y donde estoy en mi casa, rodeado de los dones que Dios me ha dado.

2. Padre, hoy quiero aceptar Tus dones. 2 No los reconozco. 3 Mas confío en que Tú que me los diste, me proporcionarás los medios para poder contemplarlos, ver su valor y reconocerlos como lo único que deseo.




Comentario:

Esta lección acompaña a la de ayer: “Todos los regalos que mis hermanos hacen me pertenecen”. Recibimos todos los regalos que dan nuestros hermanos y también recibimos los regalos que nosotros damos. Por supuesto, también es verdad a la inversa: todo lo que cualquiera da lo reciben todos y también reciben todos los regalos que nosotros damos. Todos reciben todo. Es así porque todos somos uno.

“Cada uno de ellos permite que un error pasado desaparezca sin dejar sombra alguna en la santa mente que mi Padre ama” (1:2). Los regalos de los que estamos hablando son regalos de perdón, cuando dejamos que un error pasado se vaya, en lugar de aferrarnos a un resentimiento o queja que no lo perdona. Cuando doy un regalo de perdón, yo soy bendecido porque las sombras de ese error pasado desaparecen de mi mente. Las sombras ya no oscurecen más la verdad de mi hermano, mi perdón me muestra al Cristo en él.

Por lo tanto, no sólo recibimos un regalo cada vez que alguien lo da, (una sonrisa, una palabra de piedad, un acto de amor) sino que ¡también recibimos un regalo cada vez que alguien recibe un regalo! “Su gracia se me concede con cada regalo que cualquier hermano haya recibido desde los orígenes del tiempo, y más allá del tiempo también” (1:3). Cuando Jesús miró a la mujer pillada en adulterio, le dijo: “Yo tampoco te condeno, vete y no peques más”, ella recibió Su regalo de perdón, y yo recibí un regalo al igual que ella.

La lección dice que nuestras arcas están llenas (1:4). “Los ángeles vigilan sus puertas abiertas para que ni un solo regalo se pierda, y sólo se puedan añadir más” (1:4). El hecho de que no seamos conscientes de estos regalos no influye en ellos, no pueden perderse. Cada pensamiento amoroso se atesora y guarda para nosotros, no se pierde ni uno solo. El tesoro de amor continúa creciendo, tal como Dios continúa expandiéndose y extendiéndose eternamente.

¿Sabes? Si pudiéramos aprovecharnos de esos pensamientos nuestras vidas cambiarían por completo. Nos están llegando e inundando regalos de amor en cada momento. Tenemos la abundante herencia de todo el amor todo el tiempo “y más allá del tiempo también” (1:3), para recurrir a él y hacer uso de él. ¡Nuestra perspectiva está tan terriblemente oprimida por el aislamiento que nos hemos impuesto a nosotros mismos! No tenemos ni idea de la riqueza y abundancia que tenemos.

Pero puedo entrar hoy, ahora, en este mismo instante, en mi almacén de tesoros. Puedo “llegar allí donde se encuentran mis tesoros, y entrar a donde en verdad soy bienvenido y donde estoy en mi casa, rodeado de los regalos que Dios me ha dado” (1:5). Puedo recordar todos los regalos que tengo y garantizármelos a mí mismo al darlos, como nos aconseja la Lección 159:

“No hay milagro que no puedas dar, pues todos te han sido dados. Recíbelos ahora abriendo el almacén de tu mente donde se encuentran y dándoselos al mundo”. (L.159.2:4-5)

El almacén de tesoros es mi mente, los regalos están todos allí. Puedo reconocer que los tengo al darlos. Es como mantener la circulación funcionando. Y puesto que todos los regalos que les doy a mis hermanos son míos, darlos es la manera en que reconozco que los tengo y la manera de conservarlos. Ésa es otra manera de entender la lección: Los únicos regalos que tengo son los que doy. Así que hoy daré amor y dicha a mis hermanos. Ofreceré paz mental a todos. Al hacerlo, los regalos serán míos.

Si nos sentimos inseguros acerca de cómo reclamar y reconocer todos estos tesoros, esta avalancha de bendiciones, podemos unirnos en la oración que cierra la lección, que expresa el hecho de que no los reconocemos todos los regalos todavía, y pedimos instrucciones para hacerlo:

“Padre, hoy quiero aceptar Tus regalos. No los reconozco. Mas confío en que Tú que me los diste, me proporcionarás los medios para poder contemplarlos, ver su valor y estimarlos como lo único que deseo”. (2:1-3)




¿Qué es el Juicio Final? (Parte 6)

L.pII.10.3:2

“Tener miedo de la gracia redentora de Dios es tener miedo de liberarte totalmente del sufrimiento, del retorno a la paz, de la seguridad y la felicidad, así como de tu unión con tu propia Identidad”. (3:2)

Si en el Juicio final no hay condena, si todos nosotros estamos libres de todos nuestros errores y de todos los efectos que parecían tener, ¡qué locura tener miedo al Juicio Final! Los evangelistas de la calle proclaman con sus pancartas: “¡Prepárate para encontrarte con tu Dios!”, están transmitiendo un mensaje de miedo: “¡Ten cuidado! Pronto estarás ante el trono de Cristo para ser juzgado, y si no estás preparado, serás condenado”. En el Curso, Jesús nos dice que no hay razón para el miedo. Tener miedo al Juicio de Dios es tener miedo a todo lo que queremos: la completa liberación del sufrimiento. El Juicio de Dios no condena, sino que salva.

Sufrimos debido a nuestra culpa, el perdón nos libera. Sentimos angustia debido a nuestro miedo, el perdón nos devuelve la paz y la seguridad y alegría. Vivimos alejados de nuestra Identidad debido a nuestra creencia en el pecado, pero el perdón nos devuelve la unión con nuestro Ser.

Nuestro miedo a Dios está profundamente arraigado. Cuando Dios se acerca, reaccionamos como un animal salvaje atrapado, feroz, cruel y aterrorizado. ¡Oh, alma mía! ¡Él sólo viene con sanación y liberación! Él viene a traernos todo lo que siempre hemos querido y más. No tengas miedo. En el nacimiento de Jesús, “El ángel les dijo: ‘No temáis pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo’” (Lucas 2:10). Eso es lo que se nos pide que creamos, que debajo de toda la apariencia de terror, de muerte y de venganza que hemos puesto encima, la creación de Dios es pura dicha, puro amor, pura paz, perfecta seguridad. Dios nos espera, no para castigarnos sino para acogernos para siempre en Sus amorosos brazos.














sábado, 9 de noviembre de 2024

Lección 315 Todos los regalos que mis hermanos hacen me pertenecen.

 



1. En cada momento de cada día se me conceden miles de tesoros. 2 Soy bendecido durante todo el día con regalos cuyo valor excede con mucho el de cualquier cosa que yo pudiera concebir. 3 Un hermano le sonríe a otro y mi corazón se regocija. 4 Alguien expresa su gratitud o su compasión, y mi mente recibe ese regalo y lo acepta como propio. 5 Y todo el que encuentra el camino a Dios se convierte en mi salvador, me señala el camino y me asegura que lo que él ha aprendido sin duda me pertenece a mí también.

2. Gracias, Padre, por los muchos regalos que me llegan hoy y todos los días, de cada Hijo de Dios. 2 Los regalos que mis hermanos me pueden hacer son ilimitados. 3 Ahora les mostraré mi agradecimiento, de manera que mi gratitud hacia ellos pueda conducirme a mi Creador y a Su recuerdo.




Comentario:

En la Lección 97 se nos dijo que si practicamos con la idea de la lección (“Soy espíritu”) para así acercar la realidad un poco más a nuestra mente, “el Espíritu Santo se regocijará de tomar cinco minutos de cada hora de tu tiempo para llevarlos alrededor de este mundo afligido donde el dolor y la congoja parecen reinar” (L.97.5:1). Dice: “No pasará por alto ni una sola mente receptiva que esté dispuesta a aceptar los dones de curación que esos minutos brindan, y los concederá allí donde Él sabe que han de ser bien recibidos” (L.97.5:2). Dice que “cada ofrenda que se le haga se multiplicará miles de veces y decenas de miles más” (L.97.6:1). Pues bien, 1.000 × 10.000 = 10.000.000 (10 millones). Así que Él multiplicará nuestros regalos por lo menos diez millones de veces, pero dice “decenas de miles”, en plural, así que eso significa hasta 90.000.000 (90 millones) de veces. Quizá los números son sólo simbólicos, indicando “un número extremadamente grande”, pero estoy seguro de que Jesús literalmente quiere decir que, con nuestra elección, un número inimaginable de mentes se beneficiarán. Cada mente abierta a recibir, recibirá nuestro regalo: millones de mentes.

Ahora, en esta lección, vemos el lado opuesto de la moneda. Pues todos aquellos que tienen su mente abierta y, como nosotros, por un instante ofrecen el regalo de su mente a Dios, nosotros recibimos sus regalos. Así pues, cada momento, miles de hermanos encuentran el camino a Dios por un instante y dan un regalo, que yo recibo porque todas las mentes están unidas, como nos dice el primer párrafo: una sonrisa entre hermanos o una palabra de agradecimiento o de misericordia, en cualquier parte del mundo, le ofrece un regalo a mi mente. Puedo recibirlo de cualquiera que encuentra su camino a Dios.

Todas las mentes están unidas. Cada momento, miles de regalos llegan a mi mente, procedentes de otras mentes. Si mi mente está abierta, ¡puedo recibir cada uno de ellos! En un grupo de estudio en el que estábamos tratando esta idea, un alumno observó: “¡Eso suena a un trabajo a tiempo completo!” Por supuesto que sí. Suena también como mi trabajo.

¿Te has preguntado alguna vez de dónde vienen esos benditos pensamientos? ¿Te has preguntado alguna vez por qué de repente, en medio de un día bastante deprimente, algo viene a tu mente y alegra tu corazón? Generalmente pensamos, si es que lo hacemos, que debe ser el Espíritu Santo. Pero podría igualmente ser un hermano que ha encontrado su camino a Dios en ese momento y le ha sonreído a alguien, y al hacerlo te ha enviado a ti el regalo. El Espíritu Santo ha sido el cartero. Alguien a quien no conoces, al otro lado del mundo, ¡acaba de darte una bendición!

El intercambio de regalos del universo dentro de la gran “Internet” universal está ocurriendo todo el tiempo. Todo el mundo está conectado, sólo tienes que leer tu correo.

Así pues, elevemos nuestro corazón en agradecimiento a cada Hijo de Dios. Pasemos esta mañana y esta noche un rato agradeciendo a nuestros hermanos, que son uno con nosotros, por todos sus muchísimos regalos, la mayoría de los cuales no hemos reconocido durante la mayor parte de nuestra vida.

A todos los que leéis esto: “Gracias por recordar, hermano o hermana”. Gracias por amar, en lugar de temer. Gracias por ser consciente, por estar vivo. Gracias por sonreír, por extender alegría. Gracias por mostrar misericordia. Gracias por perdonar. Gracias por uniros a otros. Que hoy mi meditación se centre en todas las maneras en que estoy siendo bendecido constantemente por mis hermanos, y en la realidad que obtengo de todos y cada uno de ellos.

“Gracias, Padre, por los muchos regalos que me llegan hoy y todos los días, procedentes de cada Hijo de Dios”. (2:1)





¿Qué es el Juicio Final? (Parte 5)

L.pII.10.3:1

“Tú que creías que el Juicio Final de Dios condenaría al mundo al infierno junto contigo, acepta esta santa verdad: el Juicio de Dios es el regalo de la Corrección que le concedió a todos tus errores. Dicha Corrección te libera de ellos y de todos los efectos que parecían tener”. (3:1)

La mayoría de nosotros, al menos en la sociedad occidental, hemos crecido creyendo en algún tipo de infierno. Decimos: “Dios te hará pagar por eso”. Nos insultamos unos a otros diciendo: “¡Vete al infierno!” Intelectualmente podemos haber rechazado la idea de un infierno literal, con llamas y demonios y horquillas, sin embargo, la idea está entre nuestros pensamientos. Hay un miedo visceral de lo que puede haber después de la muerte, que nos corroe por dentro, negado, reprimido, pero todavía… ahí. Si creemos en Dios, como muchos, nos acecha constantemente la preocupación por cómo nos juzgará, cómo juzgará nuestra vida.

Entonces, el Curso nos aconseja: “acepta esta santa verdad”. El Juicio de Dios no es una condena, sino un regalo: el regalo de la Corrección. No un castigo sino una sanación. No “no hay salida” sino la escapatoria. El Juicio Final no menciona cada uno de nuestros errores y luego nos encierra con sus consecuencias para toda la eternidad. No, corrige nuestros errores y nos libera de ellos, y no sólo “de los errores sino también de todos los efectos que parecían tener”.

Piensa en ello. ¿Cómo te sentirías si supieras sin ninguna duda que estás libre de todos tus errores y de todos sus efectos? ¡Eso sería el júbilo total! El “Aleluya” a pleno pulmón. Pero, el Curso nos dice que eso es la verdad, ésa es “la verdad que jamás ha cambiado” (1:1).Estamos libres de nuestros errores y de sus efectos, siempre lo hemos estado, y siempre lo estaremos. Eso es lo que todos juntos llegaremos a aceptar en ese instante del Juicio Final. Y eso es lo que estamos aprendiendo a aceptar para nosotros mismos, y a enseñárselo a todos nuestros hermanos. Nos liberamos unos a otros de nuestros pecados, para que aquellos que liberamos, a su vez, puedan liberarnos a nosotros.

















Lección 314 Busco un futuro diferente del pasado.




1. De una nueva percepción del mundo nace un futuro muy diferente del pasado. 2 El futuro se ve ahora simplemente como una extensión del presente. 3 Los errores del pasado no pueden ensombrecerlo, de manera que el miedo ha perdido sus ídolos e imágenes y, al no tener forma, deja de tener efectos. 4 La muerte no podrá reclamar ahora el futuro, pues ahora la vida se ha convertido en su objetivo y todos los medios necesarios para su logro se proveen gustosamente. 5 ¿Quién podría lamentarse o sufrir cuando el presente ha sido liberado y su seguridad y paz se extienden hasta un futuro tranquilo y lleno de júbilo?

2. Padre, cometimos errores en el pasado, pero ahora elegimos valernos del presente para ser libres. 2 Ponemos el futuro en Tus Manos y dejamos atrás nuestros errores pasados, seguros de que Tú cumplirás las promesas que nos haces en el presente y de que bajo su santa luz dirigirás el futuro.




Comentario:

Según el ego, el futuro es sólo el resultado del pasado, es el pasado mismo extendiéndose más allá del presente. Para el ego, el pasado condiciona el futuro. Según el Espíritu Santo: “El futuro se ve ahora simplemente como una extensión del presente” (1:2). Lo que elegimos ver y creer en el ahora determina cómo será el futuro, el futuro no está condicionado por el por el pasado. “Los errores del pasado no pueden ensombrecerlo, de tal modo que el miedo ha perdido sus ídolos e imágenes, y, al no tener forma, deja de tener efectos” (1:3).

Al abandonar el pasado y reconocer que no me puede afectar ahora, atraigo un futuro diferente al pasado. Mi elección de ahora a favor de la salvación, mi voluntad de aceptar la Expiación para mí mismo elimina todo el miedo del pasado. Los “ídolos e imágenes” (1:3) del miedo son cosas como toda la culpa y todas las falsas percepciones del pasado. Ya no están al alcance del miedo cuando he puesto el pasado en manos de Dios y he aceptado el perdón para mí mismo. Empiezo desde este mismo instante como una pizarra limpia. Sin las formas de los ídolos e imágenes del pasado, el miedo no puede tener efectos.

Basado en la culpa del pasado, mi futuro era una muerte segura. Pero con el pasado libre de “pecado”, y siendo la vida mi objetivo ahora, la muerte no puede reclamarme (1:4). Mi cuerpo físico “morirá” probablemente (a menos que suceda un raro milagro de ser llevado al cielo en un torbellino, como Elías en la Biblia, II Reyes,2), aunque el cuerpo nunca muere porque nunca vive, pero puesto que yo no soy un cuerpo, no moriré y no tendré miedo de la muerte. “Se proveen gustosamente todos los medios necesarios para su logro” (1:4). Cuando mi mente sea corregida y mi meta sea la vida, todo lo que necesito para lograr mi meta me lo proporciona el Espíritu Santo. “Cuando el presente ha sido liberado” de toda culpa y de todo miedo, ese presente extenderá “su seguridad y paz hasta un futuro tranquilo y lleno de júbilo” (1:5).

La clave está en permitir que mi mente sea liberada de la culpa y del miedo en este mismo instante. Puedo practicar esto en el instante santo. Puedo tomar un instante y permitir que la paz y seguridad de las que habla esta lección inunden mi mente. Puedo traerle al Espíritu Santo toda mi culpa, mi sufrimiento, mi dolor, mi ira, y permitir que Él sane mi mente. Cuanto más a menudo haga esto, la paz se extenderá hacia afuera a lo largo del día. Quizá el testimonio más frecuente de las personas que han estado estudiando el Curso durante un tiempo es: “Estoy mucho más en paz de lo que lo he estado en toda mi vida”. Funciona. Y al crecer esa paz en el presente, al pasar cada vez más momentos ahora en esa paz mental, el futuro está cada vez más lleno de gozo.

Que elija valerme del presente para ser libre (2:1). ¿Cuántos de mis momentos presentes paso sufriendo o llorando por el pasado, lamentando cosas que he perdido? ¿Cuántos de mis momentos presentes paso teniendo miedo de algo del futuro? Que elija valerme del presente de manera distinta. Cada vez que sea consciente del presente, que elija usar ese momento para la paz y para nada más. Hacer eso es escaparse del infierno. Dejar el futuro en manos de Dios. Dejar atrás los errores del pasado (2:2). Voy a poner mi vida en las manos de Dios “seguro de que Tú cumplirás las promesas que nos haces en el presente, y de que bajo su santa luz dirigirás el futuro”




¿Qué es el Juicio Final? (Parte 4)

L.pII.10.2:3-6

Cuando toda la creación, cuando cada mente, haya aceptado por fin la nueva visión del mundo como un mundo sin pecado y sin propósito, llegará el final del mundo. Pienso que “al no tener causa” se refiere a ver el mundo sin pecado pues, según el Curso, el pecado y su compañero la culpa han causado el mundo. Entonces “al no tener función” significaría lo mismo que “sin propósito” (2:2). Para el ego, el propósito del mundo es la destrucción o castigo. Una vez que la causa y la función del mundo han sido eliminadas de todas las mentes, el mundo “simplemente se disuelve en la nada” (2:3).

Como dice el Manual para el Maestro: “El mundo acabará cuando su sistema de pensamiento se haya invertido completamente” (M.14.4:1). Puedes leer esta hermosa sección entera (¿CÓMO ACABARÁ EL MUNDO?), (especialmente su conmovedor párrafo final). En la visión del Curso, el fin del mundo no es un cataclismo, ni un gran triunfo de ejércitos celestiales, sino una serena desaparición, simplemente la desaparición de una ilusión cuya aparente necesidad ha terminado.

“Ahí (en la nada) nació y ahí ha de terminar” (2:4). Dicho de otra manera, el mundo nació de la nada, y no quedará nada cuando desaparezca. Únicamente los pensamientos de amor que se han manifestado son reales y eternos. Todo lo demás desaparece, incluso “las figuras del sueño”, es decir, nuestro cuerpo “desaparecerá (2:5-6), pues ha desaparecido el pecado como su causa y la muerte como su propósito.

Como hemos leído a menudo antes, en las secciones “¿Qué es?” y en el Texto, el ego inventó el cuerpo para sus propósitos. El Espíritu Santo nos invita a utilizar el cuerpo para Sus propósitos mientras estamos en el sueño. Él nos lleva a darnos cuenta de que “lo falso es falso y que lo que es verdad jamás ha cambiado” (1:1), y una vez que todos nosotros hemos logrado ese propósito, el cuerpo ya no tiene ningún propósito. Simplemente desaparece.

Una última frase se añade: “pues el Hijo de Dios es ilimitado” (2:6). El cuerpo desaparece porque el Hijo de Dios es ilimitado, y el cuerpo es un límite. Cuando nuestra mente haya regresado a Cristo, completamente, ya no tendremos necesidad de ninguna limitación. Lo que somos no tiene límites, y un cuerpo limitado no nos serviría de nada.

Éste es el “final de todas las cosas”, tal como el Curso lo ve. Entonces, ¿Cómo deberíamos vivir ahora, todavía dentro del sueño, pero sabiendo que éste es su final? Necesitamos aprender cómo considerarlo (el final) y estar dispuestos a encaminarnos en esa dirección (M.14.4:5). Trabajamos con el Espíritu Santo, hoy y todos los días, al aprender a contemplar el mundo sin condena, para verlo completamente perdonado. Le permitimos que nos enseñe que no hay propósito en el mundo, y poco a poco conseguimos abandonar nuestro apego al mundo. Nos abrimos cada vez más a la visión del Hijo ilimitado de Dios, visión que va aumentando dentro de nosotros.


















 

Lección 365 Tu llegada al hogar es segura.

  Te entrego este instante santo. Sé Tú Quien dirige, pues quiero únicamente seguirte, seguro de que Tu dirección me brindará paz. Y si nece...